viernes, 5 de febrero de 2016

El Indio - Los Jaivas (1975)

¿Cómo comenzar a armar este blog sobre comentarios de música?, ¿qué disco elegir como obra prima? una respuesta probable y bastante cuerda sería empezar por los Beatles y alguna de sus obras maestras, que corresponden a muchos de los puntos más altos en los anales del rock. Pink Floyd, también se asoma como una excelente opción, ya sea en su faceta psicodélica o progresiva, el cuarteto (y/o quinteto) es dueño de muchos de los mejores álbumes jamás grabados. Radiohead, entre lo más contemporáneo, también me sedujo en ciertos momentos (probablemente por ser mi banda favorita). Pero entre los muchos discos y bandas excelentes que ocupan memoria en mi computador, me incliné por esta joyita de la música nacional. Aunque no soy de la idea de apoyar a un artista sólo por ser oriundo de mi país, pues bajo mi perspectiva, el arte, en cualquiera de sus formas (en este caso música) trasciende las barreras y fronteras impuestas por el hombre, y considero que el contenido político, el impacto social, o el contexto histórico de una obra pueden dotarle de cierta riqueza extra, pero la trascendencia está en que la música hable por sí misma. Y este disco de Los Jaivas, sin lugar a dudas, habla por sí mismo, y no voy a llenarlo de flores y elogios (más que merecidos) sólo por ser chileno. Vamos a ver como sale.


En esta obra popularmente conocida como El Indio (el morenazo de la figura) encontramos a Los Jaivas en uno de los momentos más álgidos de su carrera, impregnando toda su esencia de fusión entre rock progresivo y raíces latinoamericanas que le brindan un sabor distinto e inconfundible a su escucha, en comparación con la escena progresiva europea y con la misma música latinoamericana. Discos como este permiten afirmar con todas sus letras que Los Jaivas son una de las mejores bandas chilenas, o derechamente LA MEJOR BANDA CHILENA DE LA HISTORIA (con el permiso de los seguidores de CONGRESO). Y es que encontramos una perfecta mezcla entre influencias de jazz, del rock, del folklore, sonidos de charangos, instrumentos de viento sacados desde la naturaleza misma, de la historia de nuestros pueblos indígenas.

El disco comienza con uno de los clásicos indiscutibles de Los Jaivas, Pregón para iluminarse, así se abre el disco con una tímida pero hermosa flauta que poco a poco comienza a ganar fuerza, con notas más agudas, progresiones, armonías y el acompañamiento de un sutil piano, para desembocar en un ritmo poderoso, en donde las flautas demuestran todo su potencial en compañía de la batería y el charango, en donde se entremezclan en ocasiones, como bailando. A partir de este inicio majestuoso se construye la canción, que poco tiene para demostrar aparte del inicio instrumental, no es que desmerezca lo venidero, pues las armonías vocales están muy bien logradas, junto al piano siempre impecable de Claudio Parra y al bajo convencional pero sutil de Mario Mutis, no obstante la canción se desarrolla de manera más o menos pareja, continúa con la pegajosa letra que está en la retina de cada chileno (estúpida y sensual sinestesia) VENGO DE LA CORDILLERA AL MAAAAAR, y el mítico HAGASE LA LUZ.... Alejándonos de la letra y el comienzo instrumental, son también dignos de reconocimiento los cambios en la tonalidad y en los acordes, que de la mano del bajo y la batería le brindan movilidad a la canción, que no se estanca a pesar de tener un ritmo similar en toda su duración, y cada gancho jamás suena fuera de lugar. La canción continúa hasta que llegamos al solo de guitarra clásico en Los Jaivas, que deja un sabor bastante agradable, sobre todo al inicio, donde se alza sutil en compañía de una percusión tenue antes de mover cielo, mar y tierra con su ritmo inigualable, todos los instrumentos se vuelven locos (mención de honor al piano), todos bailan, todo es fiesta, y la canción termina de manera correcta con una progresión de notas tocadas en distintos tonos.

Después de esta canción ícono de Los Jaivas, viene la que es por lejos una de las mejores canciones grabadas por la agrupación chilena, junto a La Poderosa Muerte del disco Alturas de Machu Picchu, por desgracia es también una canción que para el público chileno pasa casi desapercibida, motivo por el cual se escucha rara vez en algún concierto. La canción abre con sonidos exóticos y pianos escalofriantes dignos de un buen disco de prog (me resulta casi obligatorio encontrarle una similitud con la canción Los elementos de Congreso) para dar paso a un delicioso arpegio de guitarra que se acompaña luego de un piano aún más delicioso, cuando ya ha transcurrido cerca de un minuto de la canción somos espectadores de una de las más hermosas melodías logradas entre un piano y una guitarra, una progresión envidiable, pero Los Jaivas no conformes con eso, introducen unos vientos impecables para completar la armonía, como es costumbre, la canción luego se baña de un ritmo bastante movido, acompañado de un teclado digitando una melodía que incita a mover el esqueleto, de manera similar a lo que ocurría en pregón para iluminarse, pasamos de melodías hermosas a un ritmo envidiable, sin perder jamás la sutileza, pero este estilo alcanza niveles de mayor esplendor en Guajira Cósmica, el tema en cuestión, con una progresión mayormente elaborada y un ritmo que pareciera ser un nuevo estilo, una nueva raíz musical. A diferencia de la composición que le precede, la canción continúa de manera aún más magistral, con un Gato Alquinta en su mejor momento vocal, acompañado de una percusión casi enfermiza, brillante, y unos teclados que entran y salen sin aviso, como improvisando, con un sonido simplemente exquisito, la canción va tomando cada vez más pulso, más energía, se acompaña de flautas, teclados, pianos que hacen de las suyas cuando quieren, y una voz que es cada vez más penetrante, si Pregón para iluminarse era una especie de fiesta, Guajira Cósmica es como un ritual sagrado, y las voces se alzan en conjunto: LOS CIELOS SON COMPARTIDOS, POR SOLES VAGABUNDOS, todos se lucen nuevamente, la canción finaliza de manera poco convencional, si se tiene en cuenta la forma en que se iba desarrollando, lo más fácil hubiese sido simplemente disminuir el volumen hasta alcanzar el silencio, pero se intentó algo distinto, y se agradece, si bien la fórmula es un tanto parecida a la mencionada recientemente, con el ritual perdiendo volumen progresivamente al ser tragado por sonidos electrónicos, el hecho de volver al arpegio inicial, con un teclado distinto, más eléctrico, le brinda un carácter cíclico a la canción que es imposible pasar por alto. Recomiendo la versión en vivo interpretada por Aurora Alquinta, la hija del Gato, con un arreglo de saxofón que es sin titubeos, un deleite para los oídos.



La Conquistada es una canción al estilo de Mira niñita, nada nuevo, pero sin lugar a dudas una hermosa canción, con el piano llevando la batuta, un sonido bastante armónico, que es acompañado de una enérgica batería, mención honorífica se lleva la sección en que las cuerdas del charango toman el control de la canción, mientras se canta casi como un susurro Suaves caricias, tierno desvelo, sección que volveremos a escuchar casi al final de la canción con En el horizonte de mi mente se ha escondido el sol, ayudando a dar un poco de matices a la canción, que no deja de ser hermosa y un ícono en cuanto a canciones de Los Jaivas se refiere.

Un mar de gente es la pieza que continúa con el álbum, y si bien, no es una de las mejores canciones que se puede encontrar en el disco resulta bastante interesante, por el giro que nos presenta, pues en un principio se nos muestra esta canción como una especie de trova, nada fuera de lo común, impregnada con raíces folklóricas y una guitarra acompañando con arpegios al cántico, de apoyo un bajo predecible, y una flauta para armonizar en ocasiones. Sin embargo, en concordancia con la letra que se nos presenta (Navegando el eco de la multitud) se escucha una multitud que abre paso a un desenfreno de percusiones que se toman la canción y permiten retomar la letra con un ritmo de carnaval, que a pesar de ser recurrente en el estilo de Los Jaivas, nos toma completamente por sorpresa en esta canción en particular.

Un día de tus días sigue un poco con la lógica de un mar de gente, no porque haya un espacio de desenfreno total, sino porque continúa un poco con la canción más convencional y folklórica, la percusión es precisa, lo que se requiere para una canción así, y en ese sentido Los Jaivas son muy inteligentes a la hora de elegir calma o energía, para que el charango decida casi al final cambiar el rumbo de la canción. Las dos canciones mencionadas recientemente puede que no sean algo totalmente novedoso o distinto, pero no por eso dejan de ser grandes composiciones, no representan para nada un relleno en lo que respecta al disco, pues están bañadas de buen gusto musical, de un folklore que destila belleza por cada uno de sus poros, del mismo modo en que lo hacen canciones como Luchín de Víctor Jara o Los Momentos de Eduardo Gatti.

Terminamos con Tarka y Ocarina, una especie de suite instrumental de 13 minutos divida en diablada, trote y kotaiki (sinceramente no sé que significa cada una de esas partes, ni como diferenciarlas). Nos encontramos con unos sonidos casi aborígenes que se continúan con el momento más rockero del album, bandas de Stoner Rock, y otras alternativas modernas de psicodelia como Liquid Sound Company y Earthless tienen mucho que envidiarle a la potencia y desenfreno de los primeros minutos de este TEMÓN, sonidos avasalladores de guitarra y bajo distorsionados, con una percusión digna de un solo en vivo de Cream o de los Allman Brothers, la banda dando rienda suelta a las ideas más rockeras que llevaban a cabo en sus inicios, cuando aún no definían un rumbo musical a seguir (para más información, escuchar el conjunto de CD's La Vorágine), pero como no estamos escuchando el Wheels of Fire de Cream o el Fillmore East de los Allman Brothers (un excelente disco en vivo a propósito), no todo podía ser un solo desenfrenado de guitarra, estamos ante Los Jaivas, quienes nos preparan entonces para adentrarnos a una gran sección de piano, donde tenemos nuevamente a Claudio Parra haciendo de las suyas, como mediador entre la furia inicial y la calma venidera, con un piano a comienzos agresivo y que va cediendo el paso a una melodía más calmada con una progresión que se acompaña en instancias de una flauta magnífica, pero que no alcanza para dejar en segundo plano al piano, y que se va tornando cada vez más tensa (algo así como una película de suspenso) para volver nuevamente a la ira y el desenfreno, la canción continúa jugando así entre la calma y la tempestad, dándonos momentos instrumentales espectaculares, entre ellos un solo de batería hipnótico y el final hermoso en donde armonizan melodías de arpas caídas del cielo con instrumentos de viento que florecen de paisajes paradisíacos y notas de piano que evocan los mejores momentos de la música docta, una música que alcanza una dulzura incomparable, pocas veces vista, para cerrar uno de los mejores momentos en la música chilena y mundial.

9/10


He aquí el disco para su disfrute

Flores Secas (cuento)

Flores secas, es un cuento que escribí por ahí por el 2014 en mi último año de colegio para el concurso literario de una empresa de revisión técnica, las circunstancias son bastante estúpidas y las recuerdo con humor, por supuesto no gané ni siquiera un diploma (Hubiese hecho maravillas con el millón de pesos en cuestión), pero aquí lo dejo para la posteridad, mi "legado literario" inmortalizado en este blog.

Flores secas

El cielo se hunde en el mar, y el mar se pierde en el etéreo azul del cielo, y en cada uno de nosotros, mar y tierra, la vida se estrella, fluye como la gota que cae de la cascada en la armoniosa polifonía de un ecuánime azar, ¿qué será entonces de las nubes?, ¿serán acaso los ideales volatilizados de un pretérito distante?, ¿tal vez cercano?, las promesas incumplidas de un mañana, los secretos de almohada, las dunas del silencio, y en cada una un café, un abrazo, el despertar de la muerte, quizá el ocaso de la juventud.

Aborrezco a quién fui el día de ayer, pero más aún aborrezco el hecho de que en un futuro cercano no podré sentirme orgulloso de quién soy el día de hoy. Pues en definitiva ¿somos aquellos quienes solíamos ser o aquellos quienes deseamos ser?, la pregunta sin respuesta, sin pregunta siquiera, ensimismada en el dulce néctar del mercado global, tras los engranajes de un colectivo, en torno a cifras ininteligibles desde aquel día en que mar, cielo y tierra conforman el capital de la decadencia humana.

Corría el tiempo en su intrínseca relatividad, pesaba de singular modo, envolvía los ventanales de aquel lúgubre vagón en una atmósfera un tanto asfixiante, perturbadora, mi cabeza apoyada en ellos, acaso hacía ya algunos minutos atrás, horas tal vez, qué se yo, me hallaba inmerso en aquel espacio vacío entre la realidad y el onírico, dormitando, vagando en un océano de meditaciones metafísicas, viajando con el mundo a mis pies, o a mis espaldas.

    - ¿Quieres decir que voy a ser padre? – exclamó entonces

    No hicieron más que mirarse y romper en llanto ante el júbilo que aquella figura inocente irradiaba en sus cálidos rostros, los ideales de toda una vida fundidos en aquel gesto de amor en estado puro.

De súbito una voz femenina anunciaba en el altoparlante la siguiente estación, para entonces ya había perdido el interés en los patrones que dibujaba el paisaje colindante a aquella extensa pradera marítima que se perdía en lontananza, árbol-árbol-casa-árbol…. Desvié la mirada hacia el anciano y el infante que viajaban juntos en la ventanilla de enfrente, los pies del dulce joven no alcanzaban a besar suelo firme y oscilaban enérgicos, sedientos de vida, el octogenario en cambio era la viva imagen del tiempo y su pesar, que era entonces más intenso que cualquier destello de luminosidad asomando su rostro entre geométricas montañas, sus pies cansados, tras una vida de marcha por caminos pedregosos de embrolladas pendientes, estaban dispuestos al devenir de la historia por escribirse. Iban tomados de la mano cuando el niño optó por romper el umbral del silencio, con tierna voz:

      - ¿Cuánto falta abuelo?
    - Para ti, mucho aún – replicó con una sonrisa tenue e imprecisa, de la cual, su sola expresión podría llenar libros si quisiese, intrigante, oscura, caótica, ajena a las nimiedades de este mundo.

La turbadora escena me hizo analizar nuevamente la situación y condiciones, y vomitar de cierta manera las ideas entremezcladas, a modo de introspección, expulsarlas, sentir mi propia metamorfosis asomando su figura entre las líneas del ferrocarril, pero aquel sentimiento invasor ya había carcomido gran parte de mí para ese entonces.

Embebido, anestesiado quizá por el arrítmico vaivén del tren besando mi trasero, dibujaba su silueta apoyada en mi hombro, la necesitaba más de lo que pudiese necesitarme, sin duda, y hasta a veces sin saberlo. Sus pequeñas manos en comunión con las mías ¡Qué elocuentes eran! Sus ojos sonrientes, el cantar de las aves, y de pronto, polvo, éter, ¿qué tal si?..... ¿Qué tal si no?….. Recuerdos conjugados, el eterno retorno, camello, león y niño, subconsciente, redescubriendo, reordenando piezas de rompecabezas, volver a encajarlas a merced del viento, en un mar de posibilidades. Y mientras tanto me puse a pensar, buscar el génesis de lo que era y no, ¿qué sería si?... si en algún momento, en los almacenes de aquella historia inconclusa en clímax hubiese doblado a siniestra por la calle Crisantemo en lugar de seguir adelante por una afable Alameda, me hallaría indefectiblemente en aquel vagón divagando en argumentos de Ortega y Gasset o tal vez Nietzsche el por qué de mi circunstancia, pero lamentablemente no podía salvarla a ella, negro augurio.

   - Es una bendición – decía todo el mundo, incluso aquellos parientes lejanos que aparecían de manera intermitente para empinarse toda la barra de licores y los cócteles gratuitos de las reuniones familiares.

      Sus manos se besaban ante la mirada cómplice de la primavera, sus narices jugaban una y otra vez a acallar el deseo latente de sus labios, se acariciaban al borde del éxtasis, de su respiración entrecortada, se miraban, cada vez más de cerca, en tanto sus dedos dibujaban las líneas de su rostro y de sus labios, no necesitaba abrir los ojos para saber que ella estaría ahí, necesitándolo, y si lo hacía de cuando en cuando, las palabras sobraban, pues sus ojos reían, y en cada sonrisa descubrían aquello que había entre sus pechos, entonces sus labios se fundían, por primera vez y para siempre, y aquel juego inocente era su droga, mientras volvían a encontrarse frente a frente entre la luna y el sol.

No recordaba el cómo, sí el por qué, de hallarme allí sentado ante el anhelo de estrellarme, si acaso me permitiera acercarme a la luna y al sol, el deseo era mi arma más letal, pero ¿cómo poder plasmar en vagas palabras aquel sentimiento en torno al cual el pensamiento se torna inefable?, ahora más que nunca la quería, la quería, la quería, en la víspera de un tren que me llevaría muy lejos.

      - Hola, ¿está ocupado este asiento?

Me percaté de una presencia foránea, algo así como una peste o un mal sueño, y en efecto, su barbilla completamente rasurada y pulida con cera para autos que brillaba cual espejo retrovisor, y el pelo engominado hasta la espalda, incluso hasta el trasero, alertaban (si acaso no gritaban) el anhelo de entablar una cálida conversación de tono decadentemente burgués al estilo tengo un gran empleo en una respetable compañía de servicios postales, dos hermosas hijas, Lily, la menor, es todo un tesoro, si hasta aprendió a maquillarse sola. Así fue, por desgracia – con Maite podía explorar y explotar la palabra, tal como lo hacían Frank Zappa o Robert Fripp años atrás con la guitarra, en conversaciones de inminente tendencia avant-garde, no obstante, despilfarraba mis últimas horas de viaje escuchando a un don nadie recitando baladas poperas y canciones de cuna – una mierda.

Cuando por fin decidió retirarse, consciente de su soliloquio ante mi absoluto desinterés, me sentí libre de revolcarme nuevamente en la reminiscencia de gestas pasadas y extasiarme en el opio seductor de su cabello y vientre, con las quimeras de una vida, juntos, los tres, ¡Oh Maite!, querías que fuese Augusto, recio varón, pero los grandes imperios también colapsan, correríamos atrapando mariposas bajo las nubes de un cielo azul, bajo las promesas infantiles de cuentos de hadas, de súbito, herméticas paredes blanquecinas, voz baja, puertas y más puertas y el inefable deseo de implosionar, corría solo, para atraparte a ti, para asirte a mí.

     - Lo lamento – explicó el médico de cabecera – pero no pudimos hacer nada

      La vi por última vez perderse al albor de un prado de lirios, esbozando su figura eclipsada entre flores secas que caían inertes a mis pies, a mis espaldas.

El tren se detuvo en la estación Amapola, inopinadamente el confuso resquemor que aquel tétrico designio infundía en mi ya marchitada ánima se extinguía a tientas, presto a la idea de un ulterior encuentro, me levanté de aquel asiento confidente y emprendí rumbo silencioso, me hallé a escasos pasos de la puerta, al borde de dos mundos, de aquella franja que separa el cielo del mar, entonces vi caer las últimas flores secas del otoño que ya culminaba, despedirse de lo que fue y lo que pudo ser, bajo las nubes de un cielo grisáceo, en el ocaso de la juventud.

The Hateful Eight - Quentin Tarantino (2015)

En un principio quería hacer un humilde espacio en donde depositar mis apreciaciones musicales, pero la verdad es que aún no me he decidido como comenzar de manera más o menos decente una carrera (léase entre comillas) de crítico musical, así que como también me declaro cinéfilo, aunque muuuuy en pañales (un poco menos de 6 meses de cinefilia, que en medio de estudios universitarios se han traducido en cerca de 60 películas) decidí partir con mis comentarios sobre la primera (y única) película que he ido a ver al cine en lo que va de este 2016 (a falta de presupuesto un computador con internet es la mejor opción). Si mi memoria no me falla es mi primera vez ante un estreno, y para tratarse de la octava entrega de Tarantino, me resultó tragicómico que la sala de cine estuviese casi desierta, como los paisajes que dan inicio al filme, aunque en parte fue bastante agradable porque casi no hubo distracciones descontando un par de risas exageradas.



Pero bueno vamos con la película en sí, si no la has visto, deja de leer de inmediato, cierra esta pestaña lo más rápido posible, y ponle play en tu computador (pelispedia es una buena opción), porque acá solo encontrarás spoilers. A grandes rasgos, la película me agradó bastante, pues como simpatizante del director de Knoxville, Tennessee (créditos a Wikipedia) ya sabía más o menos a qué me enfrentaría, ríos de sangre, excelente música con algunos cortes un tanto abruptos, gente apuntándose con pistolas simultáneamente, chistes un tanto racistas, historias separadas por capítulos (con uno que otro arreglo cronológico) y el siempre exquisito "god damn" de Samuel L. Jackson, a decir verdad, en Tarantino esa clase de repeticiones no me logran aburrir jamás, su estilo se desenvuelve en cada una de sus películas sin resultar monótono o patético, el tipo sabe dotar de un humor casi infalible, y de una violencia siempre artística a cada una de sus entregas, pese a que en ocasiones sea grotezca, pero el hombre hace que a pesar de ser grotezca se vea bien, Tarantino posee una técnica envidiable, y el muy cabrón lo sabe y se da el lujo de incluso bromear con ello, puede pasar de la sutileza a la sátira en cuestión de segundos. Y no duda en impregnar sus películas de ello, y ésta por supuesto no es la excepción.

En un principio, me pareció que este western era el calco de Django, su trabajo anterior, los mismos lugares, con la misma nieve, la misma temática de cazarrecompensas ambientados alrededor de la guerra civil (antes o después), las mismas letras que ya son un patentado para los créditos iniciales, y por supuesto, Samuel L. Jackson. 



Sin embargo  con el transcurso de la historia, pude reparar en mi error, y es que me sorprendió de manera bastante grata el toque hitchcockiano dado a este western que parecía ser un remake patético de sus trabajos anteriores, y es que la historia parecía estancarse en la posada de manny?, o como se llame (en verdad ya ni me acuerdo del nombre, pero es irrelevante), no obstante la atmósfera comienza a enturbiarse de manera progresiva, los personajes sospechan algo, hay bastantes elementos extraños en una situación inquietante, pero el espectador no le toma la importancia que debiera desde el inicio porque es distraído con un humor bastante efectivo, un humor que nace también porque Tarantino bromea con la similitud de sus propias películas, y con las películas western de años dorados. (No sé si ese haya sido el propósito verdadero pero me pareció así).

La atmósfera se hace cada vez mas densa y se llega, a diferencia de sus otras películas, luego de una larga introducción a los primeros rastros de sangre, cuando ocurre el asesinato del viejo por parte de Samuel L. Jackson, que actúa mas como Jules en Pulp Fiction que como el mayor Warren. Luego de este momento tan esperado (en otras películas la sangre aparecía ya en el inicio), se nos presenta la situación que gatilla el momento de mayor conflicto y misterio, se nos presenta el envenenamiento de una manera casi cómica pero que no deja de ser interesante, novedosa y envolvente, aunque me pareció que el director lo hace adrede para lucirse con su posterior manejo del enfoque en las escenas siguientes en que la mujer de los 10.000 dolares toca la guitarra (Un minuto de silencio por el trágico final del instrumento de 145 años), era como si Tarantino estuviera declarando "puedo hacer con la cámara lo que se me de la puta gana" y a decir verdad, aquellos enfoques intercalados resultan simplemente deliciosos, en palabras del gran Homero Simpson "funciona en muchos niveles".



Dejando a un lado los apuntes un tanto técnicos, cuando ya la historia comienza la recta definitiva hacia el desenlace, el ambiente se torna aún más denso, y uno como espectador se embarca en la misión de pensar quién es el real sospechoso, mientras ve como el mayor va realizando el papel de detective hitchcockiano, de manera casi perfecta, dando en el clavo con pruebas bastante inteligentes y bromeando con su acompañante en la empresa que les acomete, pero había una pieza faltante en el rompecabezas, cuando ya creíamos haber visto a los 8 más odiados aparece este hombre inesperado del sótano, que se descubrirá mas tarde es el hermano de la fugitiva.

Nos encontramos entonces ante el tiroteo clasico de Quentin y la historia vuelve a dar un giro, para mostrarnos que no era uno el involucrado en el asesinato, sino todos los primeros habitantes del lugar de hospedaje, y se nos muestra como ultimo capitulo la explicación de todos los sucesos, y Tarantino, en similitud (a mi parecer) con la obra de Alfred Hitchcock, no duda en revelarnos la historia y el misterio al final, en donde pequeños y sutiles detalles encajan como piezas de un rompecabezas (valga la redundancia), en este caso la golosina en el piso o la puerta que no cerraba (que resultó bastante graciosa en su momento). Cabe destacar también el detalle de la carta de Lincoln, que desempeña un papel relevante para que la historia se desarrolle, con un Samuel L. Jackson rescatado de una muerte segura en la nieve, y que pondrá en aprietos el plan para rescatar a Daisy Domergue, plan que se ve totalmente frustrado, esa misma carta que pese a su importancia en el contexto global resultó ser una mas de las bromas del director.

En síntesis, una película bastante buena, recomendable, con un Tarantino impregnando una vez más su estilo único a la hora de enfrentar una historia, pero dándole un nuevo toque de misterio, me declaro culpable de ser fan de este director en particular, que tenía todas las aptitudes para ser uno de los más grandes en cuanto a cine se refiere, pero decidió inclinarse por el camino del "webeo" como decimos en mi país, es la estrella de Rock del cine, y quien puede juzgarle? es un camino bastante válido, bandas como AC/DC no dejan de ser grandes por carecer de postulados filosóficos o grandes arreglos en sus canciones, aunque en particular no sea fan de AC/DC (prefiero una buena banda progresiva de los 70's) no puedo negar su legado. Me perdonarán los amantes de un cine más profundo como Bergman o Tarkovsky (que planeo ver en un futuro cercano, pues como dije anteriormente aún estoy en pañales) pero este es un punto a favor de Quentin y su nueva entrega.


8/10