Flores secas, es un cuento que escribí por ahí por el 2014 en mi último año de colegio para el concurso literario de una empresa de revisión técnica, las circunstancias son bastante estúpidas y las recuerdo con humor, por supuesto no gané ni siquiera un diploma (Hubiese hecho maravillas con el millón de pesos en cuestión), pero aquí lo dejo para la posteridad, mi "legado literario" inmortalizado en este blog.
Flores secas
El cielo se hunde en el mar, y el mar se pierde en el etéreo azul del cielo, y en cada uno de nosotros, mar y tierra, la vida se estrella, fluye como la gota que cae de la cascada en la armoniosa polifonía de un ecuánime azar, ¿qué será entonces de las nubes?, ¿serán acaso los ideales volatilizados de un pretérito distante?, ¿tal vez cercano?, las promesas incumplidas de un mañana, los secretos de almohada, las dunas del silencio, y en cada una un café, un abrazo, el despertar de la muerte, quizá el ocaso de la juventud.
Aborrezco a quién fui el día de ayer, pero más aún aborrezco el hecho de que en un futuro cercano no podré sentirme orgulloso de quién soy el día de hoy. Pues en definitiva ¿somos aquellos quienes solíamos ser o aquellos quienes deseamos ser?, la pregunta sin respuesta, sin pregunta siquiera, ensimismada en el dulce néctar del mercado global, tras los engranajes de un colectivo, en torno a cifras ininteligibles desde aquel día en que mar, cielo y tierra conforman el capital de la decadencia humana.
Corría el tiempo en su intrínseca relatividad, pesaba de singular modo, envolvía los ventanales de aquel lúgubre vagón en una atmósfera un tanto asfixiante, perturbadora, mi cabeza apoyada en ellos, acaso hacía ya algunos minutos atrás, horas tal vez, qué se yo, me hallaba inmerso en aquel espacio vacío entre la realidad y el onírico, dormitando, vagando en un océano de meditaciones metafísicas, viajando con el mundo a mis pies, o a mis espaldas.
No hicieron más que mirarse y romper en llanto ante el júbilo que aquella figura inocente irradiaba en sus cálidos rostros, los ideales de toda una vida fundidos en aquel gesto de amor en estado puro.
De súbito una voz femenina anunciaba en el altoparlante la siguiente estación, para entonces ya había perdido el interés en los patrones que dibujaba el paisaje colindante a aquella extensa pradera marítima que se perdía en lontananza, árbol-árbol-casa-árbol…. Desvié la mirada hacia el anciano y el infante que viajaban juntos en la ventanilla de enfrente, los pies del dulce joven no alcanzaban a besar suelo firme y oscilaban enérgicos, sedientos de vida, el octogenario en cambio era la viva imagen del tiempo y su pesar, que era entonces más intenso que cualquier destello de luminosidad asomando su rostro entre geométricas montañas, sus pies cansados, tras una vida de marcha por caminos pedregosos de embrolladas pendientes, estaban dispuestos al devenir de la historia por escribirse. Iban tomados de la mano cuando el niño optó por romper el umbral del silencio, con tierna voz:
- ¿Cuánto falta abuelo?
- Para ti, mucho aún – replicó con una sonrisa tenue e imprecisa, de la cual, su sola expresión podría llenar libros si quisiese, intrigante, oscura, caótica, ajena a las nimiedades de este mundo.
La turbadora escena me hizo analizar nuevamente la situación y condiciones, y vomitar de cierta manera las ideas entremezcladas, a modo de introspección, expulsarlas, sentir mi propia metamorfosis asomando su figura entre las líneas del ferrocarril, pero aquel sentimiento invasor ya había carcomido gran parte de mí para ese entonces.
Embebido, anestesiado quizá por el arrítmico vaivén del tren besando mi trasero, dibujaba su silueta apoyada en mi hombro, la necesitaba más de lo que pudiese necesitarme, sin duda, y hasta a veces sin saberlo. Sus pequeñas manos en comunión con las mías ¡Qué elocuentes eran! Sus ojos sonrientes, el cantar de las aves, y de pronto, polvo, éter, ¿qué tal si?..... ¿Qué tal si no?….. Recuerdos conjugados, el eterno retorno, camello, león y niño, subconsciente, redescubriendo, reordenando piezas de rompecabezas, volver a encajarlas a merced del viento, en un mar de posibilidades. Y mientras tanto me puse a pensar, buscar el génesis de lo que era y no, ¿qué sería si?... si en algún momento, en los almacenes de aquella historia inconclusa en clímax hubiese doblado a siniestra por la calle Crisantemo en lugar de seguir adelante por una afable Alameda, me hallaría indefectiblemente en aquel vagón divagando en argumentos de Ortega y Gasset o tal vez Nietzsche el por qué de mi circunstancia, pero lamentablemente no podía salvarla a ella, negro augurio.
- Es una bendición – decía todo el mundo, incluso aquellos parientes lejanos que aparecían de manera intermitente para empinarse toda la barra de licores y los cócteles gratuitos de las reuniones familiares.
Sus manos se besaban ante la mirada cómplice de la primavera, sus narices jugaban una y otra vez a acallar el deseo latente de sus labios, se acariciaban al borde del éxtasis, de su respiración entrecortada, se miraban, cada vez más de cerca, en tanto sus dedos dibujaban las líneas de su rostro y de sus labios, no necesitaba abrir los ojos para saber que ella estaría ahí, necesitándolo, y si lo hacía de cuando en cuando, las palabras sobraban, pues sus ojos reían, y en cada sonrisa descubrían aquello que había entre sus pechos, entonces sus labios se fundían, por primera vez y para siempre, y aquel juego inocente era su droga, mientras volvían a encontrarse frente a frente entre la luna y el sol.
No recordaba el cómo, sí el por qué, de hallarme allí sentado ante el anhelo de estrellarme, si acaso me permitiera acercarme a la luna y al sol, el deseo era mi arma más letal, pero ¿cómo poder plasmar en vagas palabras aquel sentimiento en torno al cual el pensamiento se torna inefable?, ahora más que nunca la quería, la quería, la quería, en la víspera de un tren que me llevaría muy lejos.
- Hola, ¿está ocupado este asiento?
Me percaté de una presencia foránea, algo así como una peste o un mal sueño, y en efecto, su barbilla completamente rasurada y pulida con cera para autos que brillaba cual espejo retrovisor, y el pelo engominado hasta la espalda, incluso hasta el trasero, alertaban (si acaso no gritaban) el anhelo de entablar una cálida conversación de tono decadentemente burgués al estilo tengo un gran empleo en una respetable compañía de servicios postales, dos hermosas hijas, Lily, la menor, es todo un tesoro, si hasta aprendió a maquillarse sola. Así fue, por desgracia – con Maite podía explorar y explotar la palabra, tal como lo hacían Frank Zappa o Robert Fripp años atrás con la guitarra, en conversaciones de inminente tendencia avant-garde, no obstante, despilfarraba mis últimas horas de viaje escuchando a un don nadie recitando baladas poperas y canciones de cuna – una mierda.
Cuando por fin decidió retirarse, consciente de su soliloquio ante mi absoluto desinterés, me sentí libre de revolcarme nuevamente en la reminiscencia de gestas pasadas y extasiarme en el opio seductor de su cabello y vientre, con las quimeras de una vida, juntos, los tres, ¡Oh Maite!, querías que fuese Augusto, recio varón, pero los grandes imperios también colapsan, correríamos atrapando mariposas bajo las nubes de un cielo azul, bajo las promesas infantiles de cuentos de hadas, de súbito, herméticas paredes blanquecinas, voz baja, puertas y más puertas y el inefable deseo de implosionar, corría solo, para atraparte a ti, para asirte a mí.
La vi por última vez perderse al albor de un prado de lirios, esbozando su figura eclipsada entre flores secas que caían inertes a mis pies, a mis espaldas.
El tren se detuvo en la estación Amapola, inopinadamente el confuso resquemor que aquel tétrico designio infundía en mi ya marchitada ánima se extinguía a tientas, presto a la idea de un ulterior encuentro, me levanté de aquel asiento confidente y emprendí rumbo silencioso, me hallé a escasos pasos de la puerta, al borde de dos mundos, de aquella franja que separa el cielo del mar, entonces vi caer las últimas flores secas del otoño que ya culminaba, despedirse de lo que fue y lo que pudo ser, bajo las nubes de un cielo grisáceo, en el ocaso de la juventud.
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